Valor y voluntad: lo que la Neurociencia sabe sobre el cambio

Descubre qué diferencia existe entre el valor y la voluntad según la psicología, la neurociencia y la biología. Aprende por qué el cerebro se resiste al cambio, cómo se entrenan ambas capacidades y cómo empezar a transformar tu vida sin esperar a tocar fondo.

7/10/20264 min read

Valor y voluntad: lo que la neurociencia sabe sobre el cambio

Todos conocemos a personas que parecen capaces de tomar decisiones difíciles con una serenidad admirable. Cambian de trabajo cuando sienten que han dejado de crecer, ponen límites a relaciones que les hacen daño o empiezan proyectos que llevaban años imaginando. Desde fuera solemos pensar que poseen una cualidad especial que los demás ni tenemos. A esa cualidad solemos llamarla valor. Otras veces pensamos que lo que realmente las diferencia es la voluntad. Sin embargo, cuando la psicología y la neurociencia estudian cómo tomamos decisiones, descubren que ambas capacidades ni son exactamente lo mismo y que, además, funcionan de una manera muy distinta a como solemos imaginar.

Comprender esta diferencia puede cambiar por completo la forma en que entendemos nuestros bloqueos. Muchas personas pasan años culpándose por pensar que les falta fuerza de voluntad o que simplemente ni son suficientemente valientes. Sin embargo, el problema rara vez está relacionado con una falta de carácter. La mayoría de las veces tiene mucho más que ver con la forma en que nuestro cerebro ha aprendido a protegernos.

Durante mucho tiempo se creyó que el cerebro era un órgano prácticamente inmutable una vez alcanzada la edad adulta. Hoy sabemos que esa idea era incorrecta. Gracias a la neuroplasticidad, el cerebro cambia continuamente como consecuencia de las experiencias que vivimos. Cada conversación importante, cada decisión difícil y cada situación que afrontamos modifica, aunque sea de forma muy pequeña, la manera en que nuestras neuronas se comunican entre sí. En cierto modo, cada experiencia deja una huella que influirá en nuestras decisiones futuras.

Para comprender por qué nos cuesta tanto cambiar conviene recordar cuál ha sido siempre la principal misión del cerebro. Aunque nos gustaría pensar que evolucionó para hacernos felices, la realidad es mucho más sencilla. El cerebro evolucionó para mantenernos vivos. Durante cientos de miles de años, cualquier cambio podía representar un riesgo para la supervivencia. Alejarse del grupo, enfrentarse a una situación desconocida o explorar un territorio nuevo podía significar perder protección, alimento o incluso la vida. Nuestro sistema nervioso aprendió a desconfiar de aquello que todavía ni conocía.

Ese mecanismo sigue funcionando hoy. La diferencia es que las amenazas han cambiado. Para nuestro cerebro, pedir un aumento de sueldo, poner un límite a un familiar, cambiar de ciudad o terminar una relación puede activar respuestas biológicas muy parecidas a las que antiguamente se desencadenaban ante un peligro físico. El cuerpo aumenta la frecuencia cardíaca, respiramos más deprisa, aparecen pensamientos de duda y sentimos esa emoción que conocemos como miedo.

En ese momento entra en acción una pequeña estructura cerebral llamada amígdala, especializada en detectar posibles amenazas. Su función es extraordinariamente útil porque nos permite reaccionar con rapidez cuando existe un peligro real. El problema aparece cuando interpreta como amenaza cualquier situación que implique incertidumbre. Desde un punto de vista biológico, el cerebro prefiere muchas veces una situación conocida, aunque resulte insatisfactoria, antes que una situación desconocida cuyo desenlace todavía ignora.

Este funcionamiento explica por qué tantas personas permanecen durante años en trabajos que las hacen infelices, relaciones que las desgastan o estilos de vida que ya ni representan quienes son. Desde fuera puede parecer falta de valentía. Desde dentro, el cerebro simplemente está intentando protegerlas.

Aquí aparece el primer gran protagonista de este artículo: el valor.

Durante mucho tiempo hemos asociado el valor con la ausencia de miedo. Admiramos a quienes parecen avanzar sin dudar y tendemos a pensar que sienten algo diferente a nosotros. Sin embargo, la investigación psicológica muestra una realidad mucho más esperanzadora. Las personas valientes también sienten miedo. La diferencia es que han aprendido a actuar aunque esa emoción siga presente.

El valor, por tanto, ni consiste en eliminar el miedo. Consiste en decidir que aquello que queremos construir pesa más que la incomodidad que sentimos en ese momento.

Esta idea tiene una enorme importancia porque cambia completamente la estrategia que muchas personas utilizan para cambiar su vida. Esperan sentirse preparadas. Esperan ganar confianza. Esperan dejar de tener miedo. Sin embargo, el cerebro suele funcionar exactamente al revés.

Primero aparece la acción.

Después llega el aprendizaje.

Y como consecuencia de ese aprendizaje aumenta la confianza.

Cuando afrontamos una situación que temíamos y descubrimos que somos capaces de manejarla, el cerebro actualiza la información que tenía sobre esa experiencia. Comprueba que el peligro era menor de lo que había anticipado y modifica ligeramente sus predicciones futuras. Ese proceso constituye uno de los pilares de la neuroplasticidad y explica por qué la exposición gradual forma parte de muchos tratamientos psicológicos con una elevada evidencia científica.

Dicho de una manera muy sencilla, el cerebro aprende mucho más de aquello que vivimos que de aquello que imaginamos.

Por eso resulta tan difícil ganar confianza pensando.

La confianza suele construirse actuando.

a stone path through a forest
a stone path through a forest
a man riding a skateboard down the side of a ramp
a man riding a skateboard down the side of a ramp

Contenido de mi publicación